¿Es bueno hacer un clericot?
Hay preguntas que no buscan una respuesta correcta.
Buscan una posición personal.
El clericot aparece siempre en los mismos momentos: reuniones largas, calor, mesas compartidas, copas que se llenan sin demasiadas vueltas. Para algunos es una falta de respeto al vino. Para otros, una forma honesta de disfrutarlo sin solemnidad.
Y quizá ninguna de las dos miradas esté equivocada.
El vino nace de la uva, pero vive en la mesa.
Se transforma según quién lo sirva, con quién se comparta y para qué momento. A veces se piensa al vino como algo intocable, casi sagrado. Otras, como un lenguaje cotidiano que se adapta.
El clericot rompe esa tensión.
No pide silencio ni análisis. Pide presencia.
Quien lo prepara no suele estar buscando aromas secundarios ni finales largos. Busca frescura, compañía, alivio. El vino deja de ser protagonista único y se vuelve parte de un todo: fruta, hielo, conversación, tarde.
¿Pierde identidad?
¿O encuentra otra?
También hay algo honesto en aceptar que no todos los vinos nacieron para ser contemplados. Algunos están hechos para mezclarse, para refrescar, para desaparecer sin culpa en una jarra compartida.
Y, al mismo tiempo, hay botellas que piden respeto, tiempo, atención. No porque sean mejores, sino porque fueron pensadas de otro modo.
Tal vez la pregunta no sea si el clericot es bueno o malo.
Tal vez la pregunta sea qué vino elegimos para cada momento… y qué esperamos de él.
Porque al final, el vino no se ofende.
El vino acompaña.
Y cada mesa decide cómo. 🍷